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Angela Merkel se retracta [COLUMNA]

El caso alemán confirma lo difícil que es hallar, en todas partes del mundo, un equilibrio razonable entre medidas sanitarias restrictivas y la libertad para vivir, viajar y trabajar.

25 de marzo del 2021
Fernando Carvallo
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Lo que es normal en la vida de cualquier ciudadano, resulta excepcional en la carrera de un político: reconocer que se ha cometido un error, pedir disculpas y rectificar. Menos de 48 horas después de haber anunciado un confinamiento durante los días de la Semana Santa, la canciller de Alemania se retractó. La decisión es tanto más compleja que había sido debatida con los 17 presidentes de los estados federales que conforman Alemania. El anuncio del confinamiento había causado protestas, complicaciones salariales y un alza excepcional de reservas de vuelos a países e islas más clementes. La población alemana se había acostumbrado a ser la que con menos obligaciones sobrellevaba las olas de la pandemia. Angela Merkel cesará de ser canciller después de las elecciones de septiembre, pero la disciplinada hija de un pastor protestante parece decidida a dar ejemplo de responsabilidad hasta el último día de su largo mandato. El caso alemán confirma lo difícil que es hallar, en todas partes del mundo, un equilibrio razonable entre medidas sanitarias restrictivas y la libertad para vivir, viajar y trabajar.

En el Perú deberíamos imitar ese ejemplo y así mejorar los índices de confianza que, según Latinobarómetro, son los más bajos de la región. En vez de eso, todos los días asistimos al triste espectáculo de políticos que niegan descaradamente lo que han hecho o intentan las explicaciones más inverosímiles para justificar lo que saben que es incorrecto. Felizmente la prensa es cada día más acuciosa y más independiente, porque los ciudadanos aspiran a la verdad. Es cierto también que se han hecho ciertos progresos en materia de transparencia de la información pública, como en lo referido a impuestos, títulos universitarios, propiedades, procesos judiciales y registro migratorio. Para bien o para mal, las redes sociales difunden al instante videos o audios que son captados por el más simple de los celulares, de manera que cada día se hace más vigente la vieja advertencia de Ricardo Palma: “Para mentir y comer pescado, hay que tener mucho cuidado”. Lo han aprendido a sus expensas quienes creyeron que podían vacunarse sin que se sepa, en Lima, Loreto o Miami.

Sin embargo, todo el edificio de la credibilidad reposa sobre la independencia y la imparcialidad de la Justicia. Cuando las mentiras intentan disimular la comisión de delitos, necesitamos confiar en una autoridad encargada de establecer la verdad de los hechos y fijar las sanciones que corresponda. Esa función jurisdiccional ha adquirido en el Perú una relevancia excepcional, porque se trata de juzgar a los últimos cinco presidentes que han llegado al poder supremo con el voto de los ciudadanos. Por eso es grave que la Corte Suprema de Brasil haya definido que el juez Sergio Moro actuó con “parcialidad” cuando investigó al expresidente Lula. La actuación de Moro es tanto más cuestionable que después de haber impedido judicialmente la candidatura de Lula, se convirtió en el ministro de Justicia de Jair Bolsonaro. Si la justicia brasileña anula las confesiones de los actores del caso Lava Jato, las consecuencias podrían alcanzar al testimonio de ejecutivos brasileños ante fiscales peruanos.

Los psicólogos discuten si mentir corresponde a una disposición “natural” de los niños, a través de la que forjarían su identidad, su manejo de la ficción y su distanciamiento del mundo. Lo seguro es que la idea misma de la educación reposa sobre la posibilidad de compartir un mundo común, que cada uno percibe a la medida de su inteligencia y su honestidad. Una persona educada es alguien que ha aprendido a no mentir. Corresponde concluir con una célebre cita de otro canciller alemán, Otto von Bismarck: “Nunca se miente más que después de un día de caza, durante la guerra y antes de las elecciones”.

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