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Primeras señales de esperanza [COLUMNA]

Después de haber alcanzado un pico superior al que se produjo durante la primera ola, la curva podría estar comenzando a frenarse antes de descender. Solo al cabo de dos semanas podremos saber si estamos ante una tendencia constante y no ante un mero sobresalto aleatorio.

23 de febrero del 2021
Fernando Carvallo
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Las primeras razones para creer que estamos ante una mejora epidemiológica son tan frágiles que uno se halla tentado de ni siquiera mencionarlas. Pero es un hecho que el Sistema Nacional de Defunciones, SINADEF, ha registrado por primera vez en ochenta días una leve mejora del número de muertos. Y el MINSA de hospitalizaciones. Después de haber alcanzado un pico superior al que se produjo durante la primera ola, la curva podría estar comenzando a frenarse antes de descender. Solo al cabo de dos semanas podremos saber si estamos ante una tendencia constante y no ante un mero sobresalto aleatorio. Pero la sola esperanza de ese eventual descenso nos hace cobrar conciencia de hasta qué punto hemos vivido más de dos meses afectados por el miedo y la inseguridad. Lejos de favorecer un relajamiento de las medidas sanitarias, la esperanza de mejores cifras debería estimularnos a una mayor disciplina y en consecuencia a la aceptación de restricciones. Al mismo tiempo, nuestros médicos y enfermeras han dado pruebas de saber organizarse para vacunar de manera rápida y ordenada. Todo hubiera podido orientarse a una salida de crisis, de no faltar oxígeno y de no haber sucedido el escándalo del uso indebido de vacunas. La epidemia y el acceso a la vacuna no hacen sino reflejar lo que somos como personas y como sociedad. De la manera como resolvamos nuestros problemas médicos y éticos, dependerá qué camino tomaremos cuando hayamos llegado a una nueva normalidad. Por lo pronto más vale que nadie intente hacer política con estos temas. Porque si el gobierno se atribuye el mérito de las cosas que van bien, pues tendría también que asumir la responsabilidad de las que van mal, lo que va desde la tasa de muertes hasta los casos de corrupción.

Cada país tiene una historia propia con la vacuna. Una de las más complejas es la de Israel, que ayer celebró su vacunado número 4 millones, confirmando la más alta tasa del mundo. Sin embargo, la prensa israelí ha revelado lo que el primer ministro Benjamin Netanyahu no quería que se sepa. Israel ha negociado con Siria la liberación de una joven colona ultraortodoxa de Cisjordania detenida por entrar ilegalmente a Siria, un país con el que Israel se halla en estado de guerra desde hace más de siete décadas. El arreglo, conseguido gracias a la mediación del inevitable Moscú, incluiría la entrega a Damasco de medio millón de vacunas. Netanyahu ha sostenido que ninguna vacuna destinada a israelíes ha sido desviada a Siria. Pero la prensa independiente le reprocha actuar pensando sobre todo en las elecciones de marzo y en evitar una condena judicial en un caso de corrupción por el que viene siendo juzgado. Lo que quiere decir que la vacuna ha hecho irrupción en la geopolítica del conflicto más antiguo y más inextricable de la escena internacional.

El sueño parece la experiencia humana más alejada de los grandes discursos de la política y del esfuerzo intelectual que exige la ciencia y la buena ejecución de políticas públicas. Pero, ¿qué consecuencias tiene que cuarenta por ciento de los seres humanos digan experimentar mayores problemas para dormir desde el inicio de la pandemia? Sin duda el porcentaje es mayor en las grandes ciudades que están sometidas a restricciones y confinamientos. En su sección Arte de vivir, el New York Times destaca una vieja costumbre de países latinos: la siesta. Al parecer hay estudios que sugieren que treinta minutos de buen sueño durante el día favorecen el optimismo y la tolerancia. Al fin y al cabo, todos los que hemos criado niños ya sabíamos que algunas grandes rabietas y muchos momentos de tristeza se pueden resolver con una buena siesta.

Las cosas como son

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