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Vacunas, ciencia y emoción [COLUMNA]

Nunca elogiaremos lo suficiente el sacrificio de miles de profesionales que han tenido que convivir durante largos meses con víctimas de una enfermedad contra la cual no contaban con conocimientos ni remedios.

10 de febrero del 2021
Fernando Carvallo
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Los equipos de vacunación comenzaron ayer la aplicación de las primeras dosis a médicos y personal de las salas de medicina intensiva de los principales hospitales de Lima y Callao: los históricos Loayza y Dos de Mayo, así como el buque insignia de nuestro sistema público de protección sanitaria, el Rebagliati. En esos hospitales de referencia se han vivido escenas en las que algunos de los más curtidos intensivistas han cedido a la emoción. Nunca elogiaremos lo suficiente el sacrificio de miles de profesionales que han tenido que convivir durante largos meses con víctimas de una enfermedad contra la cual no contaban con conocimientos ni remedios. Basta ver las fotos de los médicos fallecidos ubicadas en el perímetro del Colegio Médico para saber que los que ayer han recibido la vacuna estuvieron literalmente en la primera línea de la lucha contra la muerte. Muchos de ellos tuvieron que renunciar a ver a sus familias para no correr el riesgo de transmitirles el virus contraído en el contacto con sus pacientes.

Los médicos de hoy han estado a la altura de su patrono, el joven mártir de la inoculación, Daniel Alcides Carrión. Gracias a ellos, estamos camino a repetir en condiciones más difíciles los éxitos de la campaña del 2006, cuando fuimos capaces de vacunar contra el sarampión en 45 días a 20 millones de peruanos. EsSalud prevé aplicar en tres días las 31 mil dosis recibidas, gracias a su entrenamiento, a sus padrones actualizados y a la mística de sus equipos. Los médicos saben que su trabajo alienta a todos los que tienen que ver con aspectos igualmente cruciales, aunque alejados de los pacientes: negociadores tenaces como Carlos Neuhaus y nuestro embajador en China, Luis Quesada Inchaustegui, oficiales de la Fuerza Aérea que ya han transportado los lotes a 11 regiones, funcionarios de la Contraloría, de INDECI, miembros de la Policía Nacional. Quienes se complacían ante el triste espectáculo de nuestros fracasos y malas cifras, deberían reconocer ahora la activación de reservas morales que promueven la aspiración a una nueva normalidad.

Como ha sucedido a lo largo de la historia, la reacción contra grandes desgracias puede promover épocas de progreso y reconstrucción. El ejemplo más extremo lo dieron Alemania y Japón, países moral y físicamente destruidos al término de la segunda guerra mundial, que supieron levantarse de sus ruinas y constituir modelos de democracia y desarrollo, sin disfrazar su memoria histórica.

Y a propósito de memoria histórica, el Senado de Estados Unidos votó ayer por 54 contra 46 que el expresidente Donald Trump debe ser sometido a un juicio político por “incitación a la insurrección”. Los abogados de Trump argumentaron que no era un atributo constitucional juzgar a alguien que ya ha dejado de ser funcionario público, pero existen precedentes de lo contrario. También se desestimó el argumento de la libertad de expresión. Pero, para sancionar a Trump, aunque no fuera sino inhabilitarlo a todo cargo público, hace falta más que los cuatro republicanos que ayer unieron sus votos a los cincuenta demócratas. El principal argumento contra Trump es que no debería quedar impune un presidente que incita a la insurrección contra la democracia y sus instituciones. Quizás la nota personal más intensa la dio el congresista fiscal Jamie Raskin, quien no pudo controlar las lágrimas cuando relató desde el podio su experiencia del asalto del 6 de enero. Ese día, había asistido a la sesión acompañado por su hija Tabita, después de enterrar a su hijo Tom, suicidado. Durante el asalto, Raskin prometió a su hija que la próxima vez que viniera al Capitolio no volvería a vivir una amenaza semejante, a lo que la hija replicó: “Papi, no quiero venir nunca más al Capitolio”. “Eso fue lo que más me dolió”, concluyó Raskin.

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