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En espera de una tregua de Navidad [COLUMNA]

¿No podemos aspirar en el Perú a que se depongan medidas de fuerza como la toma de carreteras? Al menos para que nadie se vea obligado a pasar la Nochebuena dentro de un camión o en un ómnibus interprovincial.

24 de diciembre del 2020
Fernando Carvallo
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Durante la cruenta primera guerra mundial se produjo una tregua de Navidad que permitió que soldados británicos, alemanes y franceses celebraran en paz una fiesta que ya por entonces se había convertido en la más importante del mundo cristiano. Desde 1914 la expresión “tregua de Navidad” designa la voluntad de suspender las hostilidades para que cada campo conmemore a su manera sus convicciones más fundamentales. Ninguno de los participantes previó que la guerra pudiese durar más de cuatro años y que iba a significar el suicidio político de Europa, que cedió su protagonismo a las potencias que afirmaron su preponderancia al término de las hostilidades: Estados Unidos y la Unión Soviética. El enigma es que desde entonces, los historiadores saben cada vez menos las verdaderas razones que causaron esa guerra, que trajo como consecuencia la aberración del nazismo y la segunda guerra mundial.

¿No podemos aspirar en el Perú a que se depongan medidas de fuerza como la toma de carreteras? Al menos para que nadie se vea obligado a pasar la Nochebuena dentro de un camión o en un ómnibus interprovincial. Parte del problema es que los manifestantes no tienen líderes claros, capaces de participar con legitimidad en una mesa de diálogo. Desde el mes de julio la Defensoría del Pueblo había advertido sobre las particularidades de los conflictos sociales en tiempos de pandemia. Y subrayó la insuficiencia de organizaciones sindicales, incapaces de expresar los reclamos y las exigencias de los trabajadores.

También a nivel sindical, nuestro país sufre las consecuencias de una institucionalidad precaria. Pero es en el mundo político donde se hace patente la falta de instituciones sólidas y eficientes. El ejemplo más notorio lo da el más antiguo de los partidos, el APRA. Su candidata presidencial, Nidia Vílchez, ha lamentado que su propio personero no haya inscrito listas parlamentarias ni en Lima ni en las mayoría de las circunscripciones, lo que reduce a mínimos las posibilidades electorales del partido fundado por Haya de la Torre. 

La persistencia de fricciones entre el Congreso y el Ejecutivo es la expresión mayor de nuestra disfuncionalidad. El presidente Sagasti recuerda que es tarea del Congreso legislar, pero sabe que sus ministros de Economía, Trabajo y Agricultura han acudido ayer a la Comisión de Economía para contribuir a elaborar una ley agraria que nos saque del bloqueo físico de las carreteras y del bloqueo mental que es la incapacidad de dar con un acuerdo que “no satisfaga del todo ni a los trabajadores ni a los empresarios”. Si los actores políticos se guían por el principio de nunca perder, lo que logran es hacer perder siempre al Perú.

A propósito de perder o no perder, muchos especialistas de la religión han intentado explicar por qué la Navidad ha aumentado su importancia en el mundo contemporáneo. Pese a la variedad de climas entre el Norte y el Sur, la diversidad de religiones y la globalización de valores consumistas, la conmemoración del nacimiento de un niño hebreo en una colonia periférica del Imperio Romano es la fiesta más universal.

A diferencia de otras religiones, el fundador del cristianismo asumió la condición humana hasta los extremos de padecimientos por el abandono, la injusticia y la traición. Desde su nacimiento en un pesebre de Belén hasta la cruz en el monte Gólgota, Jesús puso en obra lo que enseña el evangelio de Marcos: “Ustedes saben que aquellos que se consideran gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los grandes les hacen sentir su poder. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que sirva a los demás. Y el que quiera ser el primero, que sea el último de los servidores”.

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