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Una homilía comprometida y un discurso sin rumbo

Pedro Castillo se siente una víctima inocente de funcionarios corruptos, hoy prófugos o dispuestos a confirmar ante la Justicia el rol que tuvo el presidente en múltiples casos de corrupción.

29 de julio del 2022
Fernando Carvallo
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Presidente Pedro Castillo. | Fuente: Presidencia | Fotógrafo:

Nuestra tradición conmemorativa hace preceder el discurso anual del presidente ante el Congreso por una liturgia Te Deum oficiada por el arzobispo de Lima. Pedro Castillo nos abrumó con cifras cuestionables, temas pendientes en los ministerios y promesas sin presupuesto como la construcción de una vía férrea que una Barranca con Ica. Para recordar una vieja ironía de Luis Alberto Sánchez, “solo faltó el horario de las boticas”. Pero el discurso presidencial careció de rumbo y de principios capaces de inspirar y ordenar la política pública. Su respaldo a la inversión privada, a la minería y a la independencia de la Justicia sonaba a palabras huecas, incapaces de orientar la acción del gobierno y garantizar la promoción del empleo y la mejora de los servicios públicos.

Peor aún, el presidente no tiene nada que reprocharse, salvo, claro, haber nombrado en cargos públicos a personas que han decepcionado su confianza. Es decir Pedro Castillo se siente una víctima inocente de funcionarios corruptos, hoy prófugos o dispuestos a confirmar ante la Justicia el rol que tuvo el presidente en múltiples casos de corrupción. Además de los desleales, Castillo hace culpable de las sospechas que pesan como él a la prensa libre, que habría osado criticarlo a él y a su familia. Parece haber olvidado que es él mismo el que ha promovido o tolerado el rol indebido de algunos de sus parientes próximos. Consolémonos con la homilía de Monseñor Carlos Castillo que recordó el acto fundacional de nuestra República: el desprendimiento del general San Martín, quien sabiéndose incapaz de culminar la guerra de Independencia, supo renunciar y abrir el camino a Simón Bolívar. Claro, la grandeza de alma no es la virtud más frecuente entre los políticos. Pero resulta fácil reconocer que lo mejor que Pedro Castillo puede hacer por nuestro país es renunciar.

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